Guanajuato es una ciudad conocida por sus calles intrincadas, túneles laberinticos y callejones con nombres muy curiosos, se dice que hay alrededor de 3.200 callejones, algunos principales y muchos secundarios con nombres peculiares.
Los nombres de las calles son rostros, como dirán algunos de los demás, de la historia del lugar al que pertenecen; nombres que, al recordarlos, hacen vagar en el tiempo y, a menudo, interpretar y comparar el espíritu de los antiguos pobladores con el de los de hoy; nombres que son, de algún modo, símbolos y enseñanzas de la evolución urbanística y arquitectónica y de los avatares y retoques de los hilos vitales del corazón del lugar. Son espejos o termómetros que, con frecuencia, revelan tanto la historia urbana o personal como la calidad con que reciben los gobernantes y los ciudadanos a quienes nombran nuevas calles o plazas, modifican nombres antiguos o atienden poco o nada al estado de conservación de lo ya existente.
A continuación pongo algunos ejemplos y su historia detrás del nombre
La leyenda del Callejón del Infierno en Guanajuato se dice que un minero que se encontraba que un minero camina hacia uno de los cerros que rodean la ciudad minera, acompañado de una joven.
- Ella le pide que den vuelta a la izquierda, pero él pierde el rumbo.
- La mujer se transforma en una mariposa negra y se ríe de la sorpresa del minero.
- Aparecen enanos que juegan con monedas de oro, y todo se envuelve en llamas.
- Aparecen rostros gigantes que se burlan de la desgracia del minero.
- El minero se desmaya y los vecinos lo encuentran en un terreno baldío.
- El minero cuenta lo ocurrido, pero la gente no le cree.
- Se concluye que en el lugar hay una puerta al infierno.
Callejón del perro muerto
Juego de pelota
El resbalón
De las ánimas
Cuatro vientos
Este callejón se encuentra entre cuatro callejones: La Escondida (Cañón Rojo), El Refugio, Canarios y El Consoladero. Por esta razón se le llama de los cuatro vientos, se encuentra a unos pasos del Mercado Hidalgo.
Se dice que hace muchos años en uno de los callejones de la ciudad de Guanajuato, en de la calle Alameda vivía una anciana que sobrevivía de las limosnas que recibía de los turistas, ella tenía un pequeño nieto que le hacía compañía pues vivían el uno para el otro en un pequeño tejaban.
Vivía con la preocupación de morir y que el pequeño se morir quedara solo y desamparado, no dormía pensando en esto. En una ocasión el niño enfermó gravemente, y la mujer desesperada no hacía más que llorar y rezar, pidiéndole a Dios que no se llevara a lo único que tenía.
Después de un momento de silencio en la oscuridad, se le apareció la Muerte diciéndole, estaba dispuesta a dejarle a su nieto, pero con la condición de que la mujer le entregara sus ojos; sin pensarlo, la anciana aceptó y se quedó ciega.
Un tiempo después, fue ella la que enfermó, el niño le preguntaba a quién debería rezar, a quién debía encomendarla para que no fuera a morir y a dejarlo solo.
Después de un rato se quedaron dormidos y, en el sueño, la anciana volvió a ver a la Muerte, quien le anunció que venía por ella, la viejecita le suplicó que la dejara un tiempo más, y la Muerte le dijo que lo haría a cambio de los ojos del niño, pero ella no aceptó porque no quería que el pequeño sufriera.
La Muerte le dijo entonces que lo único que podía hacer era llevárselos a los dos para que estuvieran juntos para siempre. La anciana aceptó, pidiéndole que lo hiciera en ese momento para que el niño, que estaba durmiendo, no sintiera nada.
Y así fue, la Muerte se los llevó a los dos y justo en ese momento, los vecinos oyeron el doblar de las campanas, de una manera tan misteriosa, que su sonido no se parecía a ningún otro.
Una vecina quien presenció lo que pasó, corrió la voz de que había sido la propia viejecita quien había pedido a la Muerte que se los llevara juntos, para no padecer más.
Con el tiempo se dijo que la Muerte se aparecía frecuentemente por ese callejón y que se le veía por las noches, como una sombra, cerca de aquel cuartito; después a petición de los vecinos, el cuartucho aquel fue derribado, con el objetivo de levantar allí una capillita en donde se veneraría al Señor del Buen Viaje, en recuerdo de aquel suceso.
La boca negra o caño puerco

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