Como en toda casa mexicana antigua, en la
de mi Tita, había un patio, un patio central con piso de barro, un pozo, un
lavadero y un árbol de durazno que resguardaba el sol de medio día.
Tita murió, y las tardes de cigarro en
el patio cambiaron a la puesta del altar de muertos para ella, tío Luís y un montón
de amados míos que ya no están.

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