El león de los Varela

La aldaba de león colgaba en la vieja puerta, una bestia de bronce cuyas fauces abiertas habían sido las primeras en ver pasar a todos aquellos que alguna vez cruzaron el umbral de la casona de los Varela. Se decía en el pueblo que aquella aldaba no era una simple figura; era el último vestigio del linaje, el guardián mudo que atesoraba las historias de sus habitantes.
Cada atardecer, cuando el sol bañaba de rojo las fachadas y las sombras se estiraban en el polvo de la calle, el león parecía cobrar vida. Sus ojos, pulidos por el roce de las manos, brillaban con una mirada antigua, implacable, como si recordaran cada secreto susurrado en el patio interior, cada lágrima derramada y cada risa que resonó en la penumbra.
Un día, sin embargo, la casona amaneció vacía. Nadie sabía por qué los Varela se habían marchado sin dejar rastro. Sólo quedaba la aldaba, balanceándose apenas con la brisa, emitiendo un leve sonido hueco, casi imperceptible, que parecía un lamento. Pasaron los años y, con ellos, el polvo y las enredaderas fueron tragándose la fachada hasta dejarla en ruinas.
Cuentan que en las noches de luna llena aún se escucha un golpe en la puerta de la vieja casona, un sonido profundo y pausado. Aquellos que se atreven a acercarse dicen que el león sigue allí, imperturbable, esperando el regreso de sus dueños o tal vez de alguien valiente o incauto que vuelva a llamar a su puerta. Porque el león, como las viejas historias, nunca olvida.




Comentarios