El pan de cada dia


Cada madrugada, don Lázaro, el panadero de calle Mineral de Valenciana en Marfil, despierta cuando aún la ciudad duerme en la niebla fría de las calles empedradas. Sus manos curtidas, fuertes como las piedras que sostienen la iglesia del pueblo, amasan el pan mientras el sol apenas se asoma detrás de las montañas. En su pequeño local, cuyo aroma dulzón se mezcla con el de la tierra húmeda, se escuchan los mismos murmullos de antaño, las voces de los antepasados que trajeron consigo la receta secreta de la concha perfecta. Él no la dice a nadie, porque sabe que el secreto está en el cariño con el que sus manos dan forma a cada pan.

Alrededor de las cinco de la mañana, ya se empiezan a ver las primeras caras asomándose a la ventana del horno. Son sus vecinos, sus amigos, los que han visto en su pan no solo alimento, sino un abrazo en cada bocado. Él no espera gracias; el verdadero premio es ver cómo el niño corre hacia la escuela con su bolillo, o la anciana que guarda una oreja en su bolsa, solo por el placer de sentir el azúcar en la lengua. 

Don Lázaro mira al cielo cada mañana y murmura una oración silenciosa, no por él, sino por el pan, por las manos que lo amasan, por el fuego que lo cuece, por la tierra de Guanajuato que, en cada bocado, se vuelve recuerdo.




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